Me aproximo a Londres desde el sur, cruzando el río Támesis por el puente de Westminster, en dirección al Parlamento. Sobre mí, penden de lado a lado dos círculos amarillos en el cielo oscuro. El de la izquierda es la luna, y el de la derecha la esfera del Big Ben.

El circo ha llegado a la ciudad

Son las 3:40 h y quedan seis horas para que el London Eye comience a girar y a transportar a los turistas. Vengo aquí para encontrar mis propias vistas exclusivas de la ciudad, conduciendo por calles desiertas y demostrando que no hace falta vivir a las puertas de Nürburgring o a los pies del paso Stelvio para disfrutar de tu coche.

Diez minutos más tarde, me encuentro atascado en Piccadilly Circus. Aunque el Big Ben le esté diciendo a todo el mundo que es domingo por la mañana, aquí la noche del sábado aún no ha terminado. Las calles están tan abarrotadas que parece que sean las 9 de la mañana de un lunes. Cuando se abre un hueco en el tráfico, pongo rumbo hacia calles más tranquilas; y al dejar atrás Trafalgar Square, encuentro muchas para elegir.

Resulta agradable estar de nuevo en movimiento, y sentir los neumáticos rodar por el Strand mientras atravieso el distrito jurídico de Temple. Es un placer circular por estas fantásticas calles con la seguridad de no acabar parado por el tráfico en ningún momento.

Coche en la calle delante del Big Ben

Espectáculo en el West End

Salgo de Fleet Street y cruzo el puente de Blackfriars sobre el Támesis. Recorro las callejuelas hacia Borough Market, justo al sur del Puente de Londres, pero aún no encuentro compañía. Cerca del London Dungeon no tengo más alternativa que seguir la calle hasta un túnel largo y oscuro, antes de dirigirme al West End.

Junto los antiguos muelles de la West India, en la conocida como isla de los Perros (Isle of Dogs), estiro el cuello para contemplar el imponente Canary Wharf. A continuación conduzco de vuelta hacia el oeste hasta el casco viejo, decepcionado por no poder ver salir el sol al pie de este enorme edificio. Aparco en el puente de Waterloo y veo el sol levantarse lentamente, iluminando con sus destellos las aguas grises del Támesis.

Es hora de probar suerte de nuevo en Piccadilly Circus. Al otro lado del puente de Westminster, las manillas del Big Ben marcan ahora las cinco y media y solo estamos la estatua de Churchill, un policía que patrulla las calles que rodean el Parlamento y yo. Paso Trafalgar Square y diviso en el horizonte las luces perpetuas de neón de Piccadilly Circus.

Coche en un túnel

Ciudad solitaria

El tráfico que horas antes había arruinado mi paseo ha desaparecido. Sorprendentemente, incluso Piccadilly Circus está desierto. Y una sonrisa se dibuja en mi cara. Las calles de Londres son todas mías, así que será mejor que no pierda el tiempo. ¿Quién sabe cuánto durarán esta paz y esta soledad?

Conduzco Piccadilly abajo y luego por la gran rotonda de Hyde Park Corner.  Desde aquí, voy hasta la parte superior de Park Lane y rodeo Marble Arch, para regresar por el otro carril de esta calle de doble sentido hasta Hyde Park Corner, tomando la salida de Constitution Hill. De nuevo, la calle está totalmente desierta y la experiencia se vuelve cada vez más surrealista mientras paso por delante del palacio de Buckingham.

Durante la hora siguiente me pierdo entre callejuelas, sin que me importe dónde puedo acabar. En tan solo una o dos horas, estas calles estarán tan abarrotadas que será casi imposible circular por ellas.

La sensación de frescor ya no acompaña a la mañana, ni tampoco al paseo. Las calles ya no son mías y debo compartirlas. Pero entonces recuerdo que, aunque todos los caminos conducen a Londres, también hay muchas otros que salen de él. Y hay un montón de rutas apasionantes a poca distancia de la ciudad.

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